
- A: Yo soy Alejandro Magno
- D: Y yo Diógenes el Cínico
- A: Diógenes… ¿hay algo que pueda hacer por ti? Pídeme lo que quieras y te lo concederé.
- D: “Puedes apartarte porque me tapas la luz del sol.”(hubieron risas alrededor…)
- A: “De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes.”
En otra ocasión, Alejandro encontró al filósofo mirando atentamente una pila de huesos humanos. Diógenes dijo: “Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”.Así era Diógenes de Sinope, filosofo griego, el miembro más famoso de la escuela de los kynicos (“perrunos”, del griego kyon=perro), que se desarrollo durante los siglos IV y III AC. Caracterizados por ser transgresores y provocadores dedicados al continuo ataque a las tradiciones y modos de vida sociales, esta enigmática e incomprendida escuela fue conocida como “la secta del perro”.
Los cínicos llevaron ese apelativo con orgullo, pues para ellos ser comparados con perros no tenía nada de ofensivo. De hecho, según su filosofía la naturaleza era muy superior a la sociedad humana y sus leyes arbitrarias. Despreciaban las convenciones y el placer, buscaban la libertad en todas sus formas y aceptaban el apodo de perros porque era el símbolo de su desvergüenza y su sencillez, de ese “vivir como un perro en el medio de la pólis”. Los perros son el mejor ejemplo de uno de los ideales cínicos más preciados: la autosuficiencia, pues tienen pocas necesidades y se adaptan rápidamente a las circunstancias. Pero para que un ser humano pueda lograr esa autosuficiencia frente a una sociedad que lo aliena y coacciona, tiene que vivir de manera sencilla, austera, lejos de todo lo que lo angustie, aceptando sólo deseos que pueda satisfacer fácilmente y adaptándose con indiferencia a lo que le depare la vida. En esta tranquilidad de ánimo estaba la felicidad del cínico. Su postura filosófica frente a un mundo en crisis, lleno de incertidumbres y malestares, es claramente un modelo ético, una guía para la vida, pero antes que nada una respuesta individual.
Los cínicos llevaron ese apelativo con orgullo, pues para ellos ser comparados con perros no tenía nada de ofensivo. De hecho, según su filosofía la naturaleza era muy superior a la sociedad humana y sus leyes arbitrarias. Despreciaban las convenciones y el placer, buscaban la libertad en todas sus formas y aceptaban el apodo de perros porque era el símbolo de su desvergüenza y su sencillez, de ese “vivir como un perro en el medio de la pólis”. Los perros son el mejor ejemplo de uno de los ideales cínicos más preciados: la autosuficiencia, pues tienen pocas necesidades y se adaptan rápidamente a las circunstancias. Pero para que un ser humano pueda lograr esa autosuficiencia frente a una sociedad que lo aliena y coacciona, tiene que vivir de manera sencilla, austera, lejos de todo lo que lo angustie, aceptando sólo deseos que pueda satisfacer fácilmente y adaptándose con indiferencia a lo que le depare la vida. En esta tranquilidad de ánimo estaba la felicidad del cínico. Su postura filosófica frente a un mundo en crisis, lleno de incertidumbres y malestares, es claramente un modelo ético, una guía para la vida, pero antes que nada una respuesta individual.

Algunas anécdotas sobre Diógenes hablan acerca de su comportamiento como el de un perro y sus alabanzas a las virtudes de los perros:
- Vivía en la calle, en una tinaja en lugar de una casa. Acostumbrado a andar despojado de ropas, solo poseía un tazón para beber agua. Un día vio como un niño bebía agua con las manos en una fuente, y dijo: “Este muchacho me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”, y tiró su tazón.
- En mitad de un banquete, algunos invitados comenzaron a tirarle huesos como si fuera un perro. Entonces él se les plantó enfrente y comenzó a orinarles encima.
- Cuando fue desterrado de Sinope (su ciudad natal) porque él y su padre se dedicaron a invalidar monedas estropeándolas con un punzón, tomó el hecho con tranquilidad: “Ellos me condenan a irme, y yo los condeno a quedarse”
- Al ser vendido como esclavo, le preguntaron qué era lo que sabía hacer, y respondió “Mandar…véndeme a ese que necesita un amo”. Su comprador lo libero al poco tiempo y le encargo la educación de sus hijos.
- Un filósofo muy acomodado en las altas esferas le dijo: “Si aprendieses a adular al rey, no precisarías reducir tu comida a un plato de lentejas”. A lo que contestó: “Y tú, si aprendieses a satisfacerte con un plato de lentejas, no necesitarías adular al rey”.
- Aparecía en pleno día por las calles de Atenas, con una lámpara en la mano diciendo: “Busco un hombre”, e iba apartando a quienes se cruzaban en su camino diciendo que solo tropezaba con escombros, cuando lo que pretendía encontrar era al menos un hombre sobre la faz de la tierra.
- Un día se estaba masturbando en el Ágora, y quienes se escandalizaron y llamaron la atención por ello, obtuvieron por respuesta esta queja: "¡Ojalá frotándome el vientre el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!"
- Un día se estaba masturbando en el Ágora, y quienes se escandalizaron y llamaron la atención por ello, obtuvieron por respuesta esta queja: "¡Ojalá frotándome el vientre el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!"
- Lo encontraron frente a una estatua, con la mano extendida como si pidiera limosna. Le preguntaron en burla: -¿Pides limosna a una estatua? - Sí. - ¿Crees que te la dará? - No. No pido para que me la dé, sino para acostumbrarme a que no me den.
- Un filósofo sofista afirmaba que el movimiento no existía. Diógenes contestó que si se lo demostraba, lo creería, y el filósofo empezó a desarrollar complicados argumentos. Diógenes, que lo escuchaba sentado, se levantó y dijo: "Tú no me has demostrado nada, y sin embargo, yo te voy a demostrar que el movimiento sí existe". Y se fue caminando.
- Cuando le preguntaron ¿de dónde eres? respondió: “soy ciudadano del mundo”
Con este sinnúmero de actos llenos de excentricidad e insolencia, queda claro que su modus operandi era el “performance”, técnica que usaba para llamar la atención, sacudir y hacer pensar. Y el lugar de estas “presentaciones” era la calle, donde Diógenes vivió como un perro, convirtiendo la pobreza y el vagabundeo en una virtud.
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